El diagnóstico oncológico afecta a mucho más que a la salud física. Cambia la sensación de seguridad, las relaciones, la imagen del propio cuerpo y el futuro. Conversamos con la Dra. Margarita Tareyn sobre la vivencia psíquica del cáncer, la feminidad, el lugar de los familiares y allegados y la necesidad de que la atención psicológica forme parte del tratamiento.
La Dra. Margarita Tareyn es doctora en psicología clínica en el ámbito de la psicosomática analítica de las enfermedades oncológicas, psicóloga clínica y psicoterapeuta. Se formó en psicoterapia, psicoanálisis y psicosomática analítica en Bulgaria y en París. Cuenta con una larga experiencia clínica y docente en el ámbito de la psicooncología, la psicosomática y la psicoterapia con personas con enfermedades graves. Es fundadora y miembro de honor de la Asociación Búlgara de Psicooncología y forma parte del equipo del Instituto de Psicología Médica, Psicooncología y Psicosomática.
Dra. Tareyn, ¿qué vive una persona cuando escucha el diagnóstico de «cáncer»?
A pesar de los avances de la medicina, las enfermedades oncológicas siguen asociándose a la desesperanza. El momento de conocer el diagnóstico puede ser impactante. En apenas unos minutos sobreviene una sensación de devastación total, como si toda la vida se diera la vuelta: la sensación de seguridad, la confianza en uno mismo y en la vida, los planes y las expectativas de futuro.
Esto desencadena una tormenta de emociones dolorosas: miedo, incertidumbre, ira, desesperación, sensación de injusticia. Surgen numerosas preguntas sin una respuesta clara, los familiares y allegados también están asustados, y la vida cotidiana habitual, los planes y los sueños pueden parecer de repente imposibles.
Es un momento en el que resulta extraordinariamente difícil conservar el sentido de la realidad. Aparecen suposiciones catastróficas, intervienen viejos miedos, prejuicios, mensajes inadecuados del entorno y consejos confusos.
El sufrimiento no es solo psíquico. Puede tener dimensiones físicas, sociales y espirituales. Las vivencias son distintas en cada persona, pero el enfrentamiento con la enfermedad trae consigo un tema común: la amenaza de pérdida, real o supuesta.
A veces aparece también la negación: la esperanza de que se haya cometido un error, de que los resultados se hayan confundido o de que otra opinión anule el diagnóstico. Son reacciones comprensibles. Por lo general, la tensión empieza a disminuir poco a poco cuando queda claro lo que viene, se establece una relación con el equipo médico responsable y comienza el tratamiento.
El paciente y su familia necesitan tiempo para aceptar el cambio y reorganizar su vida en función de él. No es un proceso lineal. Hay momentos mejores y más difíciles: dudas, desánimo, cansancio, lágrimas.
Las lágrimas no son una mala señal. Pueden formar parte del afrontamiento normal de la psique ante lo que la persona está atravesando. Nacen de nuestro deseo de vivir.
¿Qué ocurre con la vivencia de la feminidad en la mujer con una enfermedad oncológica?
El diagnóstico puede plantear a la mujer preguntas muy profundas sobre la feminidad. La feminidad, al igual que la masculinidad, no puede reducirse únicamente a características físicas y sexuales. Es también una posición psíquica que se construye a lo largo de todo el proceso de desarrollo.
En la enfermedad oncológica, el cuerpo puede cambiar considerablemente. En ocasiones, la mujer tiene la sensación de que ya no se reconoce. El desafío consiste entonces en lograr, a pesar de los cambios físicos, conservar la vivencia de sí misma como mujer y la posibilidad de una relación emocional y sexual plena.
Para algunas mujeres, precisamente este periodo difícil se convierte en una oportunidad para vivirse a sí mismas y la relación con su pareja de una manera más profunda y auténtica: descubrir la confianza, recibir apoyo y encontrar respuestas a preguntas que existían mucho antes de la enfermedad.
Como dice una paciente: «El cáncer me ayudó a descubrir tantas maneras de ser mujer».
¿Cómo puede lograrse esto?
Atreviéndonos a pensar más allá de las apariencias y sin limitarnos a nosotros mismos con clichés imaginarios. Cuando no proyectamos nuestros miedos en el otro y podemos ser honestos y sensibles tanto con nosotros mismos como con él.
La llegada de la enfermedad hace a veces imposible seguir eludiendo durante más tiempo las cuestiones importantes. Exige un cambio, una reflexión y emprender el camino del tratamiento no solo en el plano corporal, sino también en el psíquico y en el vital.
Pueden resurgir viejos problemas que hasta entonces se habían dejado de lado en la vida cotidiana y en la sensación de tener por delante un tiempo infinito. Esto es doloroso: trae miedo, tristeza y arrepentimiento. Pero a veces también nos devuelve a valores y prioridades que habíamos dejado atrás.
Surgen preguntas que exigen que se les preste atención. Y con ellas, a veces, surgen también nuevas posibilidades.
¿Qué lugar ocupa la ayuda psicológica en el tratamiento oncológico?
La ayuda psicológica debe ser parte integral del tratamiento médico.
Una buena calidad de vida, incluso en la enfermedad avanzada, no significa únicamente un buen control médico de la enfermedad. Incluye el estado emocional de la persona, sus relaciones, la posibilidad de conservar roles significativos y de seguir persiguiendo sus aspiraciones a pesar de la enfermedad.
En medicina sigue existiendo la tendencia a relegar lo psíquico a un segundo plano, tanto por parte de los especialistas como, en ocasiones, por parte de los propios pacientes. La enfermedad física está tan presente que los sentimientos y las emociones pueden parecer secundarios. Pero no carecen de importancia para la manera en que la persona atraviesa el tratamiento y vive durante él.
Por ello, solicitar ayuda psicológica no debe percibirse como una capitulación ante la enfermedad ni como un signo de debilidad. Es una forma de cuidado adecuado de uno mismo y expresión de una elevada cultura sanitaria.
¿Y qué lugar ocupa la familia?
La enfermedad oncológica no le ocurre solo a la persona individual. Entra en la vida de toda la familia. Los familiares y allegados también experimentan miedo, incertidumbre e impotencia, y a veces, en su deseo de ayudar, pueden aumentar sin querer la tensión.
El paciente no necesita necesariamente que se le anime continuamente ni que se le insista en que sea «fuerte» y «positivo». A veces solo necesita poder decir que tiene miedo, que está cansado o que no sabe lo que viene, y que alguien permanezca a su lado sin intentar enseguida corregir su vivencia.
El apoyo de los familiares y allegados es extraordinariamente importante, pero también ellos pueden necesitar ayuda psicológica. La atención al paciente incluye también el cuidado de las relaciones y de las personas que lo rodean.
¿Cómo se relaciona la sociedad con las enfermedades oncológicas?
El contexto social tiene una enorme importancia para la manera en que la persona atraviesa la enfermedad. Los prejuicios, los miedos y las ideas erróneas sobre el tratamiento, la alimentación o el pronóstico pueden suponer una carga adicional para el paciente.
Hoy en día, la enorme cantidad de información disponible en internet también puede ser una poderosa fuente de ansiedad. Una persona que acaba de recibir un diagnóstico se ve fácilmente expuesta a historias, estadísticas, consejos y afirmaciones categóricas contradictorios que no guardan necesariamente relación con su enfermedad concreta.
Al mismo tiempo, la sociedad nos somete a una presión constante para estar en forma, ser resistentes y productivos, recuperarnos rápidamente y seguir adelante. Pero la vivencia de una enfermedad grave tiene su propio ritmo.
Como especialistas y como personas cercanas, debemos tener la paciencia suficiente para dar al paciente la posibilidad de atravesar lo que le ocurre a su propio ritmo y de la manera que le resulte posible.
Como sociedad, debemos ser capaces de abrir un poco más de espacio al sufrimiento.